Rómulo Mar
  La trampa
 
            Sobre las aguas se balanceaba la atractiva canastilla de flores con las brillantes monedas de oro en su interior. Rosas de un rojo intenso, campanillas moradas, flores de chacté del amarillo más llamativo y un clavel rosado en medio, adornaban el alucinante tesoro.
          Esta curiosa y valiosa ornamentación se presentaba ante todos los que llegaban a bañarse a la poza después de las seis de la tarde.
          Precisamente, cuando las sombras de la noche ya se habían tragado la luz del día, cuando la oscuridad eructaba grillos y búhos y encendía luciérnagas, los visitantes miraban aparecer, atónitos, la maravillosa canastilla de flores con las monedas de oro y se les prendía un gran deseo de poseerla.
          A Viviano “Ruca” le ocurrió, pues él frecuentaba la conocida Poza Encantada del cristalino río Carkaj, cuyo caudal corría despeñándose de las altas montañas.
          Una de esas raras noches, una noche misteriosa, de una oscuridad rojiza, el joven acudió a darse un refrescante chapuzón a la luz de una luna llena, naranja que flotaba entre las nubes. En ese momento, sobre las suaves olas, contoneándose, sin que él se percatara, surgió sigilosa la canastilla; salió de la sombra de una gran piedra recostada sobre el cauce del río. La roca se quedó con la boca abierta, como esperándola. La canastilla dio un furtivo giro y se deslizó, produciendo un leve sonido en el agua, y se metió de nuevo debajo de la piedra.
          La piedra, refugio de la canastilla, se había colocado de tal forma en el centro del río, en dirección de la corriente de agua, que daba la impresión de haber sido una persona que quiso emerger de la poza, o acaso escapar, y que al intentar brincar se petrificó en el aire por quién sabe qué hechizo. Vista de lejos semejaba las fauces de un cocodrilo gigante. Su punta se alargaba encima de la Poza Encantada y sobre ella saltaba parte del río formando un abanico. A los lados, otras dos enormes rocas hacían guardia y sobre ellas las ramas de los árboles de ambas orillas se prolongaban, se mecían y se tocaban las uñas.
          Hacia el oriente se elevaba un imponente cerro, cuya cima vigilaba todo lo que ocurría en el río, y a través de sus faldas se comunicaba con la serpenteante corriente del Carkaj. 
          El lugar era, indudablemente, un goce incomparable para los sentidos; pero también una trampa para los incautos, pues casi nadie que osara llegar de noche escapaba con vida. Sin embargo, saberlo no le impidió a Viviano echarse un baño, principalmente porque necesitaba quitarse el sudor producido durante el trabajo del día en la tierra y para lucir presentable en el baile que esa noche habría en la aldea.
          Decidido a tirarse al agua estaba Viviano “Ruca” cuando se fijó en la piedra. De allí vio salir la canastilla de flores. Ésta, después de bañarse en los chorros de luz de luna y de agua, volvió a esconderse. La acción se repitió con rapidez varias veces, como parte de un jueguito siniestro. La canastilla salía y se metía debajo de la piedra tratando de cautivar al presente.
          Cuando el muchacho estaba fascinado, casi embrujado, la canastilla se deslizó despacio sobre el agua hasta la orilla donde él se encontraba y de allí rebotó como un resorte y se retiró rápidamente a refugiarse entre las tres piedras. Volvió a asomarse y se ocultó velozmente. Con ese movimiento de entrar y salir invitaba a Viviano “Ruca” a que la siguiera.
          Hizo una última salida y se detuvo en el centro de la poza. Entonces, la escena se volvió deslumbrante. Hechizado el joven contempló cómo cientos de luciérnagas brotaron de las monedas de oro y se fueron colocando sobre el río, volando una tras otra, hasta formar un gran arco gigante que alumbró todo el lugar.
          En ese mismo momento, en la orilla opuesta a Viviano, entre el verde virgen de las plantas y los árboles, surgió la silueta desnuda de una hermosísima muchacha iluminada con el torrente de luz que emanaban las luciérnagas. Destacaba la dama con su cabellera negra, larga y espesa, cuyas puntas colgaban a la altura de sus rodillas. Ella se movió con suavidad, como flotando, y penetró en el agua sin perturbar la superficie. El río se aquietó. La corriente dejó de fluir. El cuerpo de la exuberante mujer se hundió en la poza hasta la cintura, su ombligo besó el agua, el agua besó su cuerpo, y avanzó majestuosa hacia la canastilla, mientras en su pelo navegaba la noche.
          Las rocas al ver llegar a la divina figura se separaron y se amplió el espacio. La naturaleza se rindió a sus pies.
          Viviano “Ruca” que veía el espectáculo inmóvil, no resistió la seducción y se lanzó a las tranquilas aguas. Nadó con destreza a lo más hondo, a donde lo esperaban la mujer y la canastilla de flores con las brillantes monedas de oro. Pero antes de llegar a ellas, a su alrededor se formó un enorme remolino que lo engulló con voracidad y lo hundió en las entrañas mismas de aquél cerro que vio todo desde lo alto. En ese instante, el cerro creció un poco más hacia arriba y esbozó una sonrisa enigmática.





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