Rómulo Mar
  La flor eterna
 
           La tarde moría lentamente. El sol se sentaba en el horizonte, entre las montañas. Sus rayos recién pintados pegaban de frente.
          El joven ascendió la montaña impaciente. Ya arriba, se acercó despacio y se paró exactamente en la orilla, provocando, por la presión de sus zapatos, que se desprendiera un poco de tierra que se fue rápidamente hacia el fondo, perdiéndose de inmediato en lo profundo.
          A él le encantaba estar en ese lugar, a la orilla de aquél acantilado espantoso, un precipicio sin fin, cortado verticalmente a ras. Allí se sentía como en el aire. Desde hacía muchos años llegaba a desafiar esa altura. Se balanceaba con el viento y contemplaba la línea final trazada entre la tierra y el cielo. Veía maravillado la vegetación y el mundo que a sus pies se extendía. Gozaba. Esa belleza alimentaba su espíritu y la paz lo inundaba.
          Esa vez, después de apreciar aquella inmensidad, después de que aquellos juguetones caminitos, que en cada vuelta se escondían, entraron en sus ojos; después de seguir con la mirada el suave vuelo de las aves, observando que se bañaban en el verde mar, entrando y saliendo repetidas veces, sintió que él era parte de aquella vida, que por sus sentidos escapaba todo su ser hacia los árboles y hacia la tierra. Entonces, como hechizado, levantó sus brazos... abrió sus manos... se creyó un pájaro listo para volar y se lanzó al vacío.
          Como una lanza se sembró en el lugar donde cayó. Y allí nació una flor. ¡Preciosa flor de colores! ¡Tan iluminada que parecía una pequeña estrella en el monte! Los colores de sus pétalos giraban a su alrededor: tras el rojo el blanco, luego el azul, el dorado y un suave violeta, y en el centro un amarillo encendido. Emanaba un aroma que subyugaba, era como el más fino incienso oriental. ¡Un mágico ser! Siete hojas ovaladas de un verde profundo se escalonaban por su tronco desde el suelo hasta sus alucinantes pétalos.
          La flor se perpetuó en ese lugar. Su destino estaba marcado para trascender.
          Pasó el tiempo y ella estuvo por siempre en el mismo lugar. Esa flor no era como todas las demás. Permanecía por siempre igual. Jamás se marchitaba. Y tenía otra virtud, una extraña virtud: devolvía con creces todo lo que se le hacía. Toda persona que la encontraba y la trataba mal, arrancándole sus pétalos, machucándola, destruyéndola completamente, pasaba desgraciada todos los días de su existencia. La flor, por el contrario, transcurridos siete días, brotaba de nuevo, renovada, más brillante, virginal y delicada; desbordada de hermosura. En el instante en que renacía explotaba el aroma; entonces se soltaba el aire y, cargado del exquisito olor, se movía velozmente por todos lados, ¡purificando el ambiente!
          Sin embargo, una suerte diferente corría quien le demostraba amor puro, quien le hablaba con dulzura, la acariciaba, la protegía y la adoraba. Esa persona se sentía encantada, en paz, feliz... Pasaba toda la vida inmensamente feliz.
          Cuando la gente se enteró de las virtudes de la flor empezó a buscarla, a indagar sobre su posible ubicación. Algunos inventan el lugar de su residencia. Se dice que, al igual que la fuente de la juventud, está escondida en algún sitio de la Florida o de la selva amazónica de Brasil. Otra versión indica que se localiza en el Tíbet, custodiada y venerada por monjes, o en Siberia, u Oriente Medio, guardada por vírgenes árabes.
          Sin embargo, sólo un humilde anciano de Centroamérica tenía conocimiento de la bella flor y lo había divulgado infinidad de veces; pero las personas a las que les habló no le pusieron atención.
          El día que agonizaba le confió el secreto al viento.
          - La gente la busca en lugares misteriosos y lejanos. No sabe que lo más lindo está dentro de nosotros o a nuestro lado –expresó el anciano y expiró.
          El viento, entonces, acumuló toda la fuerza de que es capaz, hizo un remolino espantoso, levantó suavemente el cuerpo del viejecito y se lo llevó. 





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