Rómulo Mar
  El final
 
            Es un día gris y frío. Colecciona relojes.
            tic tac tic tac tic tac
            El hombre se dispone a quemar el tiempo y para ello enciende una fogata. Reune todos los relojes que posee, máquinas de agujas y digitales, y observa detenidamente el regular transcurrir de los números en todos ellos, como para decirles adiós por última vez.
            Él es conocido únicamente por el mote de “Cacho”. Corpulento, de pelo largo y barba corta; de 50 años cumplidos. Aburrido y serio.
            El péndulo del reloj que cuelga de la pared blanca lo distrae. El movimiento siempre de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Hacia uno y hacia el otro lado. Movimiento monótono. Sonido monótono. Su andar cada vez más monótono. Alargado y distorsionado. Derritiéndose y difuso. Di…fu…sooo…
            Cacho sintió que multitud de líneas de relojes, una tras otra, le golpearon la cabeza y lo hacen caer en un prolongado túnel. Túnel plateado y brillante, cegador. Se fue veloz, lejos, lejos… lejos… lejos… y desembocó en el pasado.
            Llegó a los iniciales segundos de la humanidad, que luego fueron minutos, horas, días...
            Ve los dinosaurios… Al hombre de las cavernas cazando animales entre los montes, dibujando esas escenas en las paredes de las cuevas y sorprendiéndose ante la aparición del fuego…
            La rueda que da movimiento a la vida, al progreso y que delata a la imaginación…
            A los sumerios inventado la escritura al igual que los egipcios en el año 3500 antes de Jesucristo.
            Deambula por las calles de Atenas cuando los clásicos griegos perfeccionan las letras y se asientan como la mejor cultura. Homero se inspira y produce la Iliada y la Odisea. Sócrates, Platón, Pitágoras y Aristóteles se interrogan, responden y se asombran ante las novedades y las cosas triviales.
            El Imperio Romano somete a los pueblos…
            “Cacho” también contempla, maravillado y esperanzado, el nacimiento de Jesucristo en Belén (año cero) y la escritura de la Biblia. El inicio del cristianismo.
            El planeta Tierra es el centro del universo.
            A finales de la Época Medieval se funda la primera universidad, Dante Alighieri crea su obra maestra, La Divina Comedia, y Francesco Petrarca deleita con su soneto.
            Enseguida, transita por Italia, a principios del Renacimiento, y contempla, asombrado, el mundo que se expande: todo gira en torno al Sol, gracias a las observaciones de Copérnico y Galileo Galilei; en 1440 Johannes Guttenberg inventa la imprenta y Colón descubre América.
            Las artes como la pintura, la escultura y la literatura entran en su apogeo, especialmente por las creaciones de cuatro genios: Leonardo Da Vinci con su magistral pincel inmortaliza a la Monalisa y Miguel Angel, el prototipo del hombre, esculpe su maravilloso David. En la prisión, el escritor Miguel de Cervantes Saavedra, en 1606, da vida a su libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Mientras tanto, William Shakespeare irrumpe en la sociedad londinense llevando el teatro a su máxima expresión con los libretos de Romeo y Julieta y Hamlet.
            A partir del siglo XVIII “Cacho” es espectador del desfile de interesantes corrientes literarias y culturales (La Ilustración, el Romanticismo, el Realismo y la Contemporánea) y revoluciones industriales y tecnológicas: Son los tiempos de la mente brillante de Isaac Newton. Diderot, Roussea y D´Alambert publican La Enciclopedia, un compendio de todo el conocimiento que bulle en esa época. Se inventa la máquina de vapor, el submarino, el aparato fotográfico…
Se extasía con las ejecuciones prodigiosas de La Flauta Mágica, obra musical de Mozart, y presencia la creación del oratorio El Mesías que Frederic Haendel escribió en 24 dias. Esta composición musical contiene un coro que se llama Aleluya, cuya interpretación, en uno de sus primeros estrenos, tuvo como espectador al rey de Inglaterra quien se puso de pie de inmediato y aplaudió emocionado y la concurrencia lo emuló. (A partir de entonces, el público se pone de pie para premiar con la ovación toda ejecución orquestal.)
Johan Strauss acaricia el oído con sus notas de ensueño y el ritmo subyugante de su vals Danubio Azul.
            Beethoven impresiona al mundo con su Novena Sinfonía.
            Avanza en el tiempo y husmea en el taller donde Morse inicia las comunicaciones a través del telégrafo; se pasea en el ferrocarril que comienza sus primeras travesías y que rompe el silencio con su característico pito mientras coloca su penacho negruzco en el cielo. Así mismo, se deslumbra cuando Tomás Alva Edison enciende la primera lámpara eléctrica.
            Se introduce sigiloso en los estudios de luminarias del pincel como Goya, Van Goh, Rembrand y Picasso.
            El dirigible o globo, en sus comienzos, lo eleva al cielo y hace piruetas en el aire. Es testigo de la llegada del fonógrafo, el teléfono, el automóvil y el cine. Los hermanos Wright inician la aventura del aire, estrenando el siglo XX, al practicar el vuelo con su primer diseño del aeroplano.
            Así mismo, “Cacho” merodea en los laboratorios donde se desarrolla la era atómica y nuclear y espía en los papeles de James Joyce cuando su pluma traza la trama de Ulises, su gran obra literaria. 
La Primera Guerra Mundial siembra de cadáveres la Tierra. En 1925, la televisión asombra al transmitir imágenes en blanco y negro y la Segunda Guerra Mundial muestra al mundo lo más macabro de la muerte.
            El pintor surrealista Salvador Dalí arrebata la mirada con la tela titulada La Persistencia de la Memoria, en cuyo cuadro destaca un reloj grande, plano, que está doblado sobre la rama de una planta sin hojas de la cual cuelga, un poco estirado, a manera de hule delgado. (En este lienzo, según la interpretación del famoso médico vienés Sigmund Freud, Dalí trata de representar el mundo simbólico de los sueños.)
            Después “Cacho” vibra con el ritmo y la voz del rey del rock and roll, Elvis Presley, y con las actuaciones del legendario cuarteto de Liverpool, Los Beatles, quienes enloquecen a las multitudes con canciones como She Loves You, Peny Lane y Yesterday. El grupo Queen, Bob Marley, Madonna, Michael Jackson, Abril Lavigne… Ve películas de primera como Contacto, La Sociedad de los Poetas Muertos, Forrest Gump, Danza con Lobos…
(Aún no se había desatado la fiebre de los túmulos en las calles.)
            Además, asiste a la globalización con los portentos de la mente creativa del ser humano cuando construye la nave espacial, pone los pies sobre la luna y hace orbitar los satélites artificiales.
Da el salto definitivo a la era digital.
Un robot le enciende la computadora; notables personajes clonan la oveja Dolly, inventan el teléfono celular y revolucionan con el servicio de Internet. Nace el libro electrónico y la nanotecnología.   
            Ademmmá a a ass… e e se mo vimien to… mono o tono… dell relo o oj… Ese movimiento… Mo…nó…to…no. Monótono. Monótono.
            El péndulo difuso se torna, lentamente, más visible. De derecha a izquierda y de izquierda a derecha, indefinidamente. El péndulo del reloj que cuelga de la pared blanca.
            “Cacho” se sacude la cabeza y comprueba que los relojes jamás dejarán de jugarle esas malas pasadas, que así serán perennemente.
            Piensa. Trata de ordenar sus ideas, de recordar lo que pretendía realizar antes de esta última alucinación. Y lo logra.
            Junta grandes cantidades de leña y enciende el fuego con apuro. Y espera.
            Cuando el fogarón le ilumina el rostro y le calienta el musculoso cuerpo, empieza el holocausto del tiempo. A las llamas van a parar, inicialmente, los segundos de diversos colores. Los segundos azules, rosados, verdes, amarillos, rojos… negros, blancos… se van como agua entre los dedos. Los agarra de sus colas y los deja caer complacido. Un fétido y asfixiante olor a azufre despiden al dorarse en el fuego. Se retuercen cual gusanos heridos antes de calcinarse. Luego, en hilos de humo se yerguen, tristones y temblorosos, en el aire. Tic… tac… Tic…
            Estos retazos de tiempo se consumen tan rápidamente que el placer que siente el verdugo es pasajero. Por eso decide arremeterla contra los minutos que, queriendo escapar, marchan en fila hacia la calle saltando por las ventanas. Los sujeta de las patas y los lanza a la hoguera. Arden como hojas secas. La existencia de cada uno tiembla un instante en las puntas de las llamas y desaparece arrebatada por el viento.
            El fuego es voraz e insaciable. El tiempo mismo al caer entre las brasas aviva más las llamas. Mientras más se alimentan, más crecen.          
Se agiganta la pira y el calor aumenta debido a que el tipo se esmera y tira fragmentos de tiempo cada vez en mayor cantidad y con más agilidad. Ahora manojos de minutos se pierden en las fauces del monstruoso incendio.
            La temperatura se eleva extremadamente, se vuelve insoportable. El sujeto suda a chorros pero resiste el calor y continúa como loco alucinado incinerando esperas, prolongaciones, edades…
            Pronto descubre que la levedad de los minutos le exige poco esfuerzo y que ya no le satisface. Tic… tac. Tic… Por eso pasa a algo mejor: las horas, platillo fuerte y suculento para el horno. Estas se fugaban por la puerta furtivamente. Las detiene, las corta directamente de los relojes y las lanza a las brasas sin compasión. Entonces se sueltan nuevos olores: a sol, a luna, a viento húmedo; a país, a sal, a árbol… flor… camino… eternidad…
            Se desparraman las primeras doce horas, caen desbocadas, se doblan, se van de espaldas sobre la llamarada y el clima es ya infernal.
La flama se inflama. Las horas son incandescentes, fuelle; excelente combustible, pólvora que explota. Sin embargo, el conteo en las maquinitas siempre vuelve al principio, se rehace, renace invencible, burlón. TIC… tac. Tic… Por tal razón, la cremación de las interminables docenas de horas se alarga fastidiosamente, sin fin.
            Cacho descansa un momento y analiza la situación. Llega a la conclusión de que está frente al ave Fénix y que para aniquilarla la única manera será engrandecer el fuego en proporciones jamás existentes. Entonces le mete gran cantidad de leña y acelera su labor, convertido ya en una tea humana, pues las llamas invadieron su cuerpo avanzando a través de los brazos y las piernas. Aún así sigue adelante.
Con gran agilidad se deshace de las horas, las echa a manos llenas, a montones, sin cesar. Sus grandes bloques de ceniza se desmoronan y se dispersan por el suelo. Horas tras horas pasan como nada.
De la espantosa lumbre estalla una claridad cegadora y el recinto se pinta de rojo vivo. Y el hombre no se detiene. Su velocidad es tal que rebasa la barrera del tiempo y pasa de inmediato, directamente, a quemar los aparatos productoras de las horas. Toda la relojería es pasto de las llamas. Como consecuencia, el fuego adquiere ahora una fuerza totalmente incontrolable.
            El siniestro arrasa con la habitación y avanza salvajemente. Entre el crujir de los escombros se escucha todavía, muy débilmente, un peculiar sonido: tic, tac, tic…
Luego, toda la casa se convierte en una inmensa antorcha.
            Todo se consume rápida e inexorablemente.
            Todo se transforma en nada.
            O en casi nada…
            Pasado un lapso de silencio e inmovilidad, un montón de ceniza empieza a correrse hacia un lado hasta quedar descubierta la entrada a una cisterna. De ahí, a duras penas, va surgiendo la figura de un hombre bien mojado con quemaduras de gravedad. Se recuesta a descansar.
Repuesto un poco del agotamiento, se aleja gateando del lugar cargando en la mano derecha un objeto chamuscado que acerca a su oído repetidas veces. Lo que escucha es un sonido que ya extrañaba: tic, tac, tic…





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