Rómulo Mar
  Dos caras (desde la ciudad)
 
          Mientras más mal estamos, más deseamos lo bueno. Quizás por eso es que yo le digo todo esto. Para mí... no hay mejor cosa que estar rodeado de una vegetación donde el verde canta y susurra virginal, y estar sentado a la sombra de un frondoso árbol.
          Y lo estoy imaginando: Enfrente corre un transparente río que se retuerce con elegancia en su camino, como lo hace una bella mujer al caminar. Varias hojas de árboles viajan sobre él semejando pequeñas embarcaciones. ¡Y parece que llevan unas personitas a bordo!... Ah, no, je, je, son unas basuritas negras. También veo pecesillos amarillos, grises con rayitas azules y de otros tantos atractivos colores, juegan no se qué allá en el fondo.
          ¡Qué lindo río! ¡Qué sonido!
          Ahora suavemente he metido los pies en sus frescas aguas para no alborotar esa quietud ¡tan serena!
Ahhh, y la melodía de los pajarillos... oro que entra por mis oídos. Por mis ojos se filtra el esfuerzo de unas simpáticas hormiguitas que, con empeño, empujan un fragmento de hoja tierna. ¡Cuánta grandiosidad en su pequeñez!
Hasta ahí lo lindo. Ya no puedo seguir imaginando, pues la vida cotidiana toca la puerta de mis pensamientos insistentemente.
          ¡Qué duro volver a la realidad! Aquí no hay un río, ¡sino un mar de gente y de carros! No hay trinos, sino bocinazos... gritos. Ahh, me asusta mucho. El fantasma negro también me persigue y me atrapa, se me mete a los pulmones y me oscurece el alma.
          Así que si usted creía que porque aquí hay tanto bullicio y se ve un gigantesco hormiguero, hay vida... Perdone, pero aquí, mas bien, cada día estamos más cerca de la muerte.





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