Rómulo Mar
  Cuando don Rufino se espantó
 
Si de miedo se trata, lo que le pasó a don Rufino es para que a cualquiera se le paren los pelos.
            Él era un agricultor que vivía en las laderas de un cerro llamado Miramundo. Y resulta que una ocasión, ya avanzada la noche, fue despertado por el ruido de los cascos de su mula. El animal golpeaba el suelo de manera insistente. Era raro el hecho, por eso se puso una ropa ligera y salió a indagar.
            Sin encender ninguna luz caminó por el corredor y se asomó sigiloso al otro lado del patio. Un señor pequeñito de sombrero muy grande estaba entre las patas traseras de la mula. Afanado intentaba hacerle una trenza en la cola.
            El aspecto anormal del hombrecito asustó a don Rufino, quien a duras penas dio unos pasos atrás y se metió a la casa. Cerró la puerta rápidamente y se quedó detrás de ella tratando de escuchar lo que pasaba afuera. Sentía que las piernas no le respondían.
La mula siguió golpeando el suelo unos diez minutos más y se silenció. Don Rufino, por su parte, ya no tuvo valor para salir y mejor se acostó deseando que nada más ocurriera.
            Al día siguiente, el cuadrúpedo amaneció triste. Tenía la cola bien trenzada. El agricultor comprendió pronto la causa y consideró la manera de arreglar el asunto. Llamó a varios hombres y juntos trataron de deshacer la trenza; pero no pudieron pues había sido tejida con mucha precisión y de la manera más apretada posible.
Daba lástima ver la apariencia de enfermo que mantenía el animal mientras buscaban la manera de remediar la situación.
Al caer la tarde, después de muchas consultas, don Rufino regresó presuroso a la casa, agarró una tijera y le cortó la trenza de un sólo golpe. Entonces, como por arte de magia, la mula recobró su alegría.





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