Rómulo Mar
  "Huerto de días"
 
               Los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos colgaban en abundancia de las doblegadas ramas. Era un huerto de árboles de días con un letrero de madera vieja en el que decía “Huerto de Días”.
El propietario cosechaba los siete días en tan grandes cantidades que muchos maduraban en los árboles, caían al suelo y allí, entre la hojarasca, se pudrían. Días podridos que luego se convertían en abono. Algunos los recogía él antes de que se descompusieran, otro poco servía para alimento de los animales que habitaban entre el follaje, como el Peterete que era el que más se aprovechaba. Éste era un roedor que se había ganado el cariño de don Palermo, el dueño de ese delicioso lugar, porque era inteligente, juguetón y obediente. Su aspecto era simpático, similar al de una ardilla, pero quizá surgido de algún cruce de lo más peculiar pues tenía un ojo con antifaz, igual que los mapaches, y en la cola franjas como las de un tigre. Original el Peterete.
            ¿Dónde había conseguido las semillas de los árboles de días don Palermo? Esa era la pregunta que todos se hacían. Entre la gente circulaba variedad de versiones. Unos decían que se la había regalado un viajero de turbante blanco al que una noche le dio posada en su casa. Otros aseguraban que la había sacado del fondo del río que pasaba por ahí en tiempos de invierno. Los más atrevidos afirmaban que se la entregó una mujer hermosa, quien se le apareció entre unos arbustos de hojas iluminadas que hay en medio de la tupida maleza de esa región.
            La verdad era un misterio. Nadie la sabía más que aquél amable señor que cultivaba días, de sombrero de ala ancha, bigote negro y espeso, ojos almendrados y estatura mediana. Vivía solo en su casona de teja y amplio corredor. Atrás estaba su huerto poblado de plantas que ofrecían lo más apetecido.
            Conforme se fue divulgando la existencia de su negocio, la venta fue creciendo, así como la extensión de su terreno. Muchos adquirían días sólo desde lunes hasta viernes, mientras otros preferían llevar especialmente sábados y domingos.
            ¿Quiénes compraban los días desde lunes hasta viernes y quiénes los del fin de semana? En un principio no estaba definido, pero con el tiempo se pudo notar que los empresarios demandaban más los de entre semana y sus empleados los sábados y domingos. Claro que los empresarios también consumían del fin de semana, pero en cantidades muy ínfimas.
            Desde que la venta de los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes aumentó se empezaron a agotar y a encarecerse, a la vez que buen número de los del fin de semana a arruinarse debajo de los árboles. De éstos hasta se regalaban. En algunas ocasiones pasaban por el huerto personas de escasos recursos pidiendo les dieran aunque fuera un pedazo de sábado o de domingo. Don Palermo, muy caritativo, cortaba días enteros y se los daba.
            Pasados dos años la situación cambió. Los empresarios, sin que se supiera la razón, comenzaron a adquirir sábados y domingos en grandes cantidades, lo que fue provocando la escasés de estos productos y su consecuente aumento de precios. Esto mismo repercutió en otro sentido: los trabajadores y toda la gente de clase baja cada vez pudieron disfrutar menos de estos días. Y, claro, ya no se regalaba nada porque la demanda era demasiada que no sobraba ni un solo día. Por eso los que antes pedían ahora ni se acercaban. Además, el productor de semanas en este tiempo ya únicamente pensaba en acumular y no en dar. Era como el azadón…
            El triste panorama económico que abrumaba a las grandes mayorías a don Palermo le tuvo sin cuidado, a él lo que le venía sorprendiendo y satisfaciendo, desde luego, era que poco a poco crecían las exportaciones a distintas naciones y el incremento de su capital de forma tan impresionante que pronto se contó entre los empresarios más adinerados de su país.           
Esa bonanza dio como resultado que su huerto dejara de serlo y se convirtiera pronto en una finca de incontables caballerías. Se decía que llegaba hasta donde alcanzaba la vista, observada desde cualquier montaña.
            En cierta ocasión, estando sumido en sus cavilaciones, el vendedor de días se puso increíblemente feliz cuando saboreó una nueva idea: diversificar los cultivos en el terreno sembrando árboles que produjeran un solo día cada uno y no todos los días como hasta entonces. Es decir, que unos árboles dieran solo lunes, otros solo martes, y así sucesivamente.
            Y dio sus frutos. Había que verlo qué emocionado estaba cuando cortó su primer delicioso sábado de un árbol. Era un día pintón, grandote, oloroso, ¡qué dulce y jugoso! Una exquisitez, de verdad.
Así continuó en aumento su negocio: las exportaciones ahora eran exorbitantes. De todos los países se recibían pedidos de sus productos.
            Más la sorpresa mayor que se llevó toda la gente en una oportunidad, fue cuando se enteró que en el “Huerto de Días” había árboles de las cosas más increíbles: árboles de nadas, de carcajadas, de luces, de ideas, de narices, de recreos, de te quieros, … velocidades… espejos… goles… noches…
            ¿Y ahora de dónde se había sacado esas novedades don Palermo? Él, una vez que no pudo evitar dar una respuesta al respecto, explicó, con evidente nerviosismo y sin mayores detalles, que tenía por ahí un su palito que le daba toda clase de semillas. Sacó una su risa fea y con un pretexto que nada que ver, se retiró como pez en río crecido.
            La respuesta, en realidad, no importaba mucho, de todas maneras la gente como loca hacía largas colas diariamente para comprar sus productos.
            Pero ahí no termina todo. Fue tan desenfrenada su ambición por amasar dinero que se dio a la tarea de experimentar con sus plantas, sin pensar muy detenidamente en su proceder, cegado completamente. Lo primero que se le ocurrió fue injertar las plantas para producir nuevas variedades que se vendieran más caras. Así, empezó a hacer injertos de alegrías y de luces, de donde obtuvo de ideas luminosas; de ideas y de narices salieron árboles de narices ideales; de te quieros y de espejos, de enamorados… de nadas y de luces… de nadas y…
            Esa labor de injertar la realizó sin orden y sin control. Y ocurrió que en la combinación de plantas fue usando cada vez más árboles de nadas. De tal manera que, en cierto momento, comenzó a juntar únicamente de nadas entre si.
            El hombre al final solo tuvo árboles de nadas… vendió nada… comió nada...
El Peterete, del que se había sabido poco en mucho tiempo, debido a que se había hundido en las profundidades de aquella arboleda para deleitarse con las distintas cosechas, emergió asustado, le echó una mirada desconsolada al nuevo producto y abandonó el lugar inmediatamente sin decir ni siquiera adiós.





Añadir comentario acerca de esta página:
Tu nombre:
Tu dirección de correo electrónico:
Tu página web:
Tu mensaje:

 
  Hoy habia 2 visitantes¡Aqui en esta página!  
 
=> ¿Desea una página web gratis? Pues, haz clic aquí! <=